Del transcurso - Jorge Guillén
Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
Y se me ahonda tanta perspectiva
Que del confín apenas sigue viva
La vaga imagen sobre mis espejos.
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Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
Y se me ahonda tanta perspectiva
Que del confín apenas sigue viva
La vaga imagen sobre mis espejos.
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Apacentando un Joven su ganado,
gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor!, que viene el lobo, labradores.»
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Varios cazadores perseguían a una zorra por el bosque:
“¡Ahí está, tras aquellos arbustos!”
Estaban a punto de alcanzarla cuando observó una cabaña situada tras una espesa arboleda. Apurando al máximo sus fuerzas, rodeó la vegetación para despistar, al menos durante unos instantes, a los cazadores, y se dirigió hacia la cabaña.
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No fue pasión aquello,
fue una ternura vaga…
la que inspiran los niños enfermizos,
los tiempos idos y las noches pálidas.
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Después de una ardua espera, un águila alzó el vuelo desde la cima de un monte y, dejándose caer, atrapó un cordero que se había separado de un rebaño que pasaba por las cercanías.
Mientras Finn y su hijo Oisin, junto a varios compañeros, cazaban una mañana brumosa de verano a orillas del lago Lena, vieron acercarse a una doncella hermosísima, montada en un corcel blanco como la nieve. Ella llevaba un traje de reina, una corona de oro y un manto de seda marrón con estrellas de oro rojo la envolvía y se arrastraba por el suelo.
Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quien apreciaba mucho.
Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenia unos parientes, para de ese modo escapar de la Muerte.
Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche.
Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la Muerte paseando por los bazares.
¿Por qué has asustado a mi sirviente? -preguntó a la Muerte-. Tarde o temprano te lo vas a llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
No era mi intención asustarlo -se excusó ella-, pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.
Cuento derviche
Durante una cacería por los bosques, Finn Mc Cumhaill, vio cruzar repentinamente la senda que seguían, a una hermosa cierva dorada, lo cual hizo que los perros se lanzaran en su persecución. Luego de varias horas de seguirla, llegaron a un fresco valle, donde la cierva, sin duda muy cansada por la carrera, se detuvo y cayó al suelo.
Un hombre dedicado al comercio abastecía a los campesinos de sal, pescado y otros productos, recibiendo a cambio frutos del campo, leche, lana y algún que otro cordero. Para el transporte de las mercancías utilizaba dos asnos a los que cargaba poco menos que a reventar, debiendo los pobres animales recorrer senderos intransitables incluso para ellos que contaban con cuatro patas.
Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.
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